lunes, 19 de septiembre de 2011

Domingo

Tras cruzar el túnel de La Ciudadela, en menos de un minuto, lo que parece una mañana de verano se convierte en una de invierno. El sitio está vacío. En media hora únicamente cruzan su interior una señora y dos caballeros, cada uno acompañado de un perro. Lo único que hay en el parque a las doce de la mañana son árboles. En algunos empieza a cambiar el color de las hojas, que se dejan llevar por la fuerza del viento y bailan en todas direcciones.
Domingo por la mañana y Pamplona parece estar dormida. Las tiendas del casco viejo con las persianas abajo. La Plaza del Castillo también descansa y los peatones que la atraviesan no superan una docena. Un par de palomas picotean alrededor de una banca y un niño que las observa se escapa de su madre para correr hacia ellas. El pequeño ríe a carcajadas al ver cómo enseguida éstas se alejan volando, sus mejillas enrojecidas por el viento y la sonrisa que se extiende de punta a punta en su cara.
Cae la primera gota. La madre mira al cielo gris y se voltea para llamar a su hijo. Saca del bolso un paraguas y una pequeña chaqueta roja con la que cubre al niño. Llueve a cántaros en Pamplona.  El otoño anuncia su llegada.

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